30/3/15

La analfabeta, de Agota Kristof

Partiendo del principio de que un comentario no debe exceder la extensión de un texto voy a ser muy breve. La analfabeta, Relato autobiográfico, reúne en 35 páginas, escasas para el ferviente lector de Kristof, reflexiones de la autora sobre los azares de su vida, cómo estos influyeron en sus obras y, sobre todo, cómo tuvo que reinventarse como escritora adaptando un idioma que le era completamente extraño. Nacida en Hungría, Kristof se exilió a Suiza donde se convirtió en una analfabeta y dónde escribió, en francés, un idioma en principio absolutamente desconocido para ella, varias novelas que no dudo en calificar de Obras Maestras. Así la trilogía recogida en Claus y Lucas, así Ayer,... aquí no caben exageraciones, ni paliativos, ni consideraciones contextuales, las novelas de Kristof son verdaderos monumentos literarios en sí mismos. La analfabeta es un sucinto recorrido que nos lleva de nuevo a esas grandes novelas de Kristof, mostrándonos de qué manera la vida privada de la escritora aflora en alguna de las páginas de sus novelas. Es una colección de breves textos para devotos de Agota Kristof. Sí, devotos. Una vez que has leído a Kristof no puedes dejar de adorar sus novelas. ¿Exagero? Lee Claus y Lucas y después me reprochas lo que acabo de afirmar.

27/3/15

entre culebras y extraños, de celso castro

“… y no me preguntes qué es lo que yo considero importante porque no tengo ni la menor idea, que para mí un hombre no es más que un conjunto de aparatos, ya sabes, el respiratorio, el digestivo, el circulatorio, el... reproductor y el excretor, que es el último, (…) y todos esos aparatos son inútiles, no sirven para nada, únicamente para mantenerse a sí mismos, continuarse en otros o para algún placer asociado, o sea, para nada...”


Uno podría imaginar a celso castro como el eterno adolescente airado. No tanto a sus narradores, que obviamente lo son, sino al propio autor, enfrascado en un una lucha permanente contra un mundo hostil cuya lógica “adulta” no quiere (no queremos) entender.
Por eso queremos tanto a celso castro.

entre culebras y extraños puede ser la novela que cierra la trilogía de los “Relatos del yo”, iniciada con el afinador de habitaciones, continuada por astillas. Que lo sea, o no, es indiferente. De nuevo la radical forma de enfrentarse a la narración de unos hechos, que desde alguna otra perspectiva pueden considerarse triviales o cotidianos, supera los propios acontecimientos. Unas narraciones frenéticas, en primera persona, subjetivas casi hasta el solipsismo, egoístas, ingenuas y con una considerable carga poética, trasuntos de hipotéticos diarios adolescentes, pero en realidad consecuencias de una deliberada y estudiada puesta en escena, hacen que las novelas de castro se conviertan en un maelstrom literario que arrastra a las profundidades de los textos a sus lectores.

Y arrastrados a las profundidades de ese abismo narrativo, podemos (solemos) olvidar una de las peculiaridades de la literatura de Castro: que sus narradores no son del todo fiables. No lo son no por un deliberado intento de engañarnos, sino porque su bagaje cultural es interpretado desde su condición adolescente. No hay infidencia, sino más bien una visión personal del mundo que se corresponde con la edad del narrador, pero todo ello escrito desde la madurez del autor.

“ahora voy a saltarme todo ese lodazal de desprecio en el que caí y comentar brevemente dos aforismos de nietzsche:
1. quien se desprecia a sí mismo continúa apreciándose como despreciador
2. el único remedio contra el autodesprecio es ser amado por una persona inteligente

bien, del primer aforismo no sé que decir, ni qué estrecho consuelo podría extraer, porque el desamor te recubre de una capa de indignidad, y te juro que no hay posibilidad de aprecio o amor propio, en cuanto al segundo... tampoco haré ningún comentario y además no es el momento (...)”


No sé cómo calificar a eso que llaman “el panorama literario español”... digamos, para no ser extremista (hoy tengo un día más o menos benévolo), en el “conformista panorama blabla”... pues ahora estoy en un dilema, porque no me parece justo incluir a castro en ningún panorama. Digamos que sus novelas van contracorriente... o, mejor, que “el panorama” va de cabeza al abismo y que unos pocos escritores españoles se salvarán de esa debacle. Y, por supuesto, Celso Castro, con mayúsculas, se salvará. 

Se podría decir mucho más. Sí, por supuesto. Pero ¿de qué serviría?.
Leed las novelas de Castro.

No es una recomendación. Es una imposición.



17/3/15

Inherent vice, de Paul Thomas Anderson

USTED HA VISTO A ESTE HOMBRE



(Si ha visto la película de PTA donde, presumiblemente, aparece TP en un cameo)

















Recuerdo que leí El sueño eterno, de Raymond Chandler para intentar entender la trama de la película interpretada por Bogart y Bacall. Luego descubrí que mientras rodaban la película llegó un momento en que ni Huston ni Chandler ni el guionista, William Faulkner, sabían demasiado bien de qué iba la trama, Si no recuerdo mal, ¿dónde está Eddie Mars? y ¿quién es Eddie Mars? eran las frases que más se repetían en la película. (Miento, la que más se repetía era la respuesta a esas preguntas: NO LO SÉ)
Leer la novela de Chandler no me ayudó demasiado.
Tampoco resultó ser demasiado importante.
Thomas Pynchon homenajea de alguna manera a Chandler en Vicio propio Inherent vice. Y, quizás, a El gran Lebowsky, pero esa es otra historia que PTA, el director de IV, ha sabido eludir.

La película de Anderson es una correcta adaptación de aquello que es posible adaptar de la novela de Pynchon, la trama principal. Pero los que conocemos a Pynchon sabemos que la trama principal (si es que existe) es solamente un pretexto para mostrar un fresco inabarcable de una época. Que lo importante en Pynchon no es la trama sino todo aquello que se adhiere, flota y se dispersa en torno a la trama. Y eso, obviamente, es imposible captarlo en dos horas de proyección.

Bien y no tan bien.

Bien porque Anderson se ha atrevido con un texto de Pynchon.
No tan bien porque Pynchon va más allá de las imágenes.

La gracia es que llega un momento en la película en que deciden mandar la trama al carajo... nadie entiende qué ocurre ni de dónde salen algunos personajes... pero no importa. Creo.

Notas:
Mi amigo @mecomiaunflan tiene la sensación de que es posible que Pynchon aparezca en más de una ocasión, disfrazado, en la película. Algunas de las fotos confirman que aparentemente el mismo figurante aparece en un par de ocasiones. A decir verdad, no creo que se haya rodado una película en la que los figurantes interactuen con los personajes principales o miren a cámara como en esta. Algo deliberado, por supuesto.

El hombre que almuerza en el sanatorio está descartado como TP.

La foto de la fiesta, la santa cena con pizza, difiere de la escena en la que se toma la foto.

Mi candidato preferido es el hombre tras la ventana, en ese curioso momento en que tanto el figurante, como Phoenix y Wilson, miran a la cámara en un instante de silencio.

La última foto muestra a un hombre cuya cara parece...


27/2/15

El atlas de las nubes, de David Mitchell

Dice (dijo) David Mitchell sobre El atlas de las nubes: “Cada una de las secciones es como un ensayo de ficción sobre cómo funciona el poder, cómo una persona se sobrepone a otra, el poder entre tribus o entre individuos con un estado, o un estado con una compañía depredadora”… o al menos así la recoge la transcripción de la conversación telefónica que el periodista de El País (Pérez Ruiz de Elvira) sostuvo en 2013 con el escritor con motivo del ¡estreno de la versión cinematográfica de la novela!

No entiendo muy bien la frase de Mitchell. O lo que el periodista escribe que dijo Mitchell.

Tal vez sea más elocuente la cita que se repite en muchas reseñas: 

“¡Y cuando exhales el último suspiro, sólo entonces, te darás cuenta de que tu vida no ha sido más que una minúscula gota en un océano infinito!
Y sin embargo, ¿qué es un océano sino una multitud de gotas?”

O de cómo las actitudes individuales de enfrentamiento al poder derivan en un futuro… ¿mejor? Obviamente la conclusión de la novela es que no, no hay un futuro mejor en el devenir de la historia. Quizás un atisbo de esperanza gracias, precisamente, a esas actitudes individuales.

Esta sería una representación gráfica de la estructura de la novela:




En la misma entrevista Mitchell afirma: “Toda novela tiene un número. No es misticismo, es más arquitectónico. Quizá estético también. Es como la firma de tiempo en la música”.
Así que supongo que la idea arquitectónica que tenía Mitchell en mente cuando elaboró la estructura de El atlas de las nubes era esta:



(La imagen de aquí)

Es pues una impresión subjetiva la que quiero dar mostrando un inestable montón de libros. El arco de medio punto que nos legaron los romanos (“los romanos… ¡una mierda al lado de los etruscos!") es la estructura más estable y elegante posible para construir un arco: la entrada que separa dos realidades diferenciadas.
Lo que ocurre con los arcos es que su resistencia depende en gran medida de la calidad y solidez de los elementos empleados en su construcción.

Y aquí llega el problema a la hora de evaluar una novela como El atlas de las nubes.

La novela está compuesta por seis relatos, seis de ellos interrumpidos y continuados en forma piramidal. Al diario de Adam Swing le siguen las cartas de Frosbisher, a estas una novela negra centrada en la periodista Luisa Rey, a esta otra novela escrita por Cavendish, un editor en fuga, a la que sucede el interrogatorio a una androide en un futuro en el que los clones son mano de obra desechable, culminando la sucesión de historias en un futuro postapocalíptico dominado por la violencia tribal, y de ahí volvemos al relato de la androide, y descendiendo, al editor, a la periodista, a las cartas y al diario.
Lo cierto es que Mitchell demuestra dominar con solvencia múltiples géneros, adecuando su narración a las épocas a las que están circunscritas cada una de ellas. Y también es cierto que no se trata de una azarosa reunión de relatos. Dejando de lado que cada uno de ellos remita al anterior relato sobre el que se sostiene y que, de alguna manera, cada uno de los relatos, influya en las vidas de sus futuros lectores (los protagonistas de los relatos que les preceden), hay una temática común que ya he mencionado, el del enfrentamiento individual a las infinitas caras del poder.

Así tenemos una estructura envidiable, un más que digno dominio de géneros y una buena idea desarrollada.

Pero.

Copié esta cita de Gibbon, supongo de su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, que recoge Mitchell en la novela:

Una nube de críticos, de antólogos, de comentaristas, oscureció la faz del saber y a la decadencia del genio no tardó en sumarse la corrupción del gusto

Mitchell cede la frase a su personaje, Cavendish, el editor, poco antes de que un escritor, que posteriormente se desvela como un delincuente que ha escrito sus memorias, defenestre al crítico que le ha hundido con su reseña.

La decadencia del genio y la corrupción del gusto.

No voy a decir que El atlas de las nubes sea una mala novela. Sí, quizás, que demuestra los síntomas del estado de nuestros gustos culturales en la actualidad.
El atlas de las nubes es lo que es. Una interesante novela. Emparejada, quizás circunstancialmente, con La casa de hojas. Un ejemplo de cómo el género fantástico se va infiltrando más y más, dejando de ser un subgénero menospreciado.

Pero… hay cierta endeblez en la estructura que nos presenta Mitchell. La cadena, el eslabón y bla, bla, bla. De las seis historias forman la novela, pocas de ellas sobrevivirían de forma individual. En algunos de ellos se recurre a tópicos habituales, lo que les convierte en reproducciones de lo más trillado de los géneros a los que Mitchell pretende rendir homenaje. Sí, nos divertimos, asistimos intrigados a las tramas, pero, finalmente, tenemos la sensación de haber leído con anterioridad todo lo narrado. Entiendo que esa es la intención de Mitchell, pero me hubiese gustado mayor ambición narrativa en la composición de los relatos. Que no fuesen remedos de los géneros a los que se refiere sino réplicas satíricas o qué-sé-yo…

Pues eso, que somos como los romanos.

Defenestradme.

(Los textos de la traducción de Ví­ctor V. Úbeda para Duomo Ediciones)
("A la mierda los romanos", según P. Tinto)

16/2/15

El congreso (de futurología, de Stanislaw Lem), de Ari Folman

La realidad. La Realidad. La “(R) (r)ealidad”

¿Por qué insistir (yo) en un tema gastado y efectivamente acotado por su definición?

Según la RAE realidad es la existencia real y efectiva de algo y define a su vez real como aquello que tiene existencia verdadera y efectiva.
La realidad como existencia “verdadera”
La Wikipedia se extiende algo más: La realidad (del latín realitas y éste de res, «cosa»), es el término lingüístico que expresa el concepto abstracto de lo real, es decir de aquello que en filosofía se refiere a lo que es auténtico, la inalterable verdad en relación -al mismo tiempo- al ser y la dimensión externa de la experiencia.

Una consulta al Ferrater Mora complica más las cosas.
La realidad, dicen unos, está sujeta a la experiencia. Lo Real es, en principio, inasible.
La realidad es subjetiva, otros.
Debe haber (existir) algo que sustente la última instancia de la realidad. Lo verdaderamente real, valga la redundancia.
El resto, queda supeditado a nuestra experiencia sensorial, verdadera o falsa.



Un grupo de científicos se reúnen para debatir ciertos temas de vanguardia cuando una revolución estalla y el despótico poder emplea armas psíquicas para desmantelar a la insurgencia. Los efectos de esas armas se vuelven contra los mismos que los emplean.

Una actriz madura con problemas familiares (¿la verdadera Robin Wright?) recibe la propuesta de ser escaneada bajo unas cláusulas contractuales que la impedirán actuar en lo que le resta de vida. En su lugar, el estudio se reserva el derecho de explotar a la actriz virtual llamada Robin Wright.

Veinte años después.

Ijon Tichy ha sido operado, congelado y devuelto a la vida en una sociedad completamente medicalizada. ¿Robin Wright es Robin Wright? Ya no es la actriz que se interpreta a sí misma de la primera parte de la película, sino un “dibujo animado” que se dirige al Congreso, donde descubriremos, al igual que de la mano de Tichy, que nada es lo que parece.
Realidad impostada.



Nos debatimos entre el horror y la aceptación. Sí, efectivamente, es una idea espantosa no ser capaces de distinguir la verdadera realidad. Pero desentrañar el misterio no nos hará más felices.

Tichy busca la forma de huir de un espantoso futuro en el que la felicidad y el bienestar son simulaciones. Robin Wright (¿o es la Robin Wright propiedad del estudio cinematográfico?... es decir, ¿lo que vemos es la realidad del personaje de la primera parte de la película o una película basada en el personaje Robin Wright?) (“personaje Robin Wright” porque no tiene nada que ver con las circunstancias personales de la persona, actriz, Robin Wright) puede encontrar cierta esperanza para su hijo en una realidad impostada a pesar de no estar conforme con ella.

Es una novela. Es una película. Es la realidad.

2/2/15

Institute Benjamenta, de los hermanos Quay

Institute Benjamenta, or This Dream People Call Human Life, es el título de la película que los hermanos Quay, Stephen y Timothy, estrenaron en 1995, basándose muy libremente en Jakob von Gunten y otros textos de Robert Walser.



Muy libremente.
El primer aspecto que hay que destacar es que es la primera película que los Quay rodaron sin emplear las técnicas de animación por las que son reconocidos.
El segundo es que parecen aportar una interpretación, o un par de ellas, al texto de Walser.
Por ejemplo, me pregunto si hay que considerar la procedencia de los alumnos del instituto (o simplemente coincide con el origen de los actores):
Auclair: Barcelonnette; Fridolin: Fisoloebede; Schilinski: Nyepertatikva. Jorgenson: Aarhus; Hebling: Fnetenberbel; Pepino: D'Agrigento; Iñigo: Euskadikoa.



Tengo que decir que ignoro a que lugar hacen referencia algunos de los toponímicos. Pero parece que los alumnos del Benjamenta fílmico se extienden por toda Europa, mientras que en la novela de Walser parece confinarse al espectro centroeuropeo.
Recordemos que el Instituto de la película imparte los conocimientos necesarios para convertirse en sirviente, algo que en la novela no es descrito tan explícitamente, sino que se acepta como posibilidad.
De hecho en el Instituto Benjamenta no se enseña nada.



En segundo lugar, el carácter de Jakob queda difuminado y sólo podemos contemplar su actitud. Lógico si pensamos que una narración en primera persona se convierte en una narración fílmica, es decir, externa al personaje. Kraus también se transforma. No lo contemplamos a través de los ojos de Jakob sino a través de la cámara, por lo que se convierte en alguien (algo) inextricable.

En tercer lugar, y quizás el logro más interesante de los Quay, es transformar la historia de (no) aprendizaje de Jakob von Gunten en una fantasmagoría en la que subyace cierta pulsión erótica centrada en Lisa Benjamenta.



Todas las libertades narrativas que se permiten los Quay son circunstanciales. Hay un personaje principal claro y evidente desde el inicio, desde el mismo título de la película: El Instituto Benjamenta. No los rectores del establecimiento, no sus alumnos. El mismo edificio.



Lo que los Quay nos proponen es adentrarnos en un mundo opresivo y herrumbroso, un lugar en proceso de descomposición cuyos días están contados, cuya decrepitud, que se extiende como el moho, es angustiosa y terminal.



La verdad es que la película es un maravilloso ejercicio de iluminación y composición. No intenta adaptar la novela de Walser porque no es posible. Crea un mundo nuevo, subsidiario del Jakob von Gunten, que permite una lectura paralela de la novela, pero constituyendo en sí misma un ente autónomo de los textos de Walser. Un brillante (y oscuro) homenaje.




Nieve.

1/2/15

Jakob von Gunten, de Robert Walser

[Amaneció todo nevado. No hay huellas en la nieve. No hay un cuerpo tendido en ella. Sigue nevando]

¡Qué sueño más horrible tuve hace unos días! Soñé que me había convertido en un hombre muy malo, perverso, ¿cómo así?, no lograba explicármelo. Era un ser brutal de pies a cabeza, un trozo de carne humana emperejilado, torpe, cruel. Estaba gordo y, por lo visto, las cosas me iban viento en popa. Anillos centelleaban en los dedos de mis deformes manos, y de mi barriga pendían, negligentemente, quintales de carnosa dignidad. Me sentía plenamente autorizado a impartir órdenes y dar rienda suelta a mis caprichos. A mi lado, sobre una mesa ricamente servida, brillaban objetos dignos de una voracidad y dipsomanía insaciables, botellas de vino y licores, así como los más refinados platos fríos. Me bastaba con estirar la mano, cosa que de rato en rato hacía. En los cuchillos y tenedores se habían pegado las lágrimas de mis enemigos ajusticiados, y al tintineo de los vasos se unían los sollozos de innumerables desgraciados; sin embargo, las estelas de las lágrimas sólo me hacían reír, mientras que los sollozos de desesperación adquirían un sonido musical a mis oídos. Necesitaba música para amenizar el banquete, y la tenía. En apariencia, había hecho excelentes negocios a costa del bienestar de otros, lo cual me producía un gozo profundo y visceral. ¡Oh, cómo me complacía la idea de haber dejado en el aire a varios de mis congéneres! Y cogí una campanilla y llamé. Un anciano entró..., perdón, se introdujo a rastras – era la sabiduría de la vida –, y a rastras se llegó hasta mis botas, para besármelas. Y yo se lo permití a ese ser degradado. Pensad un poco: la experiencia, principio noble y bueno entre todos, lamiéndome los pies. Es lo que yo llamo ser rico. Y como me vino en gana, volví a llamar, pues sentía, no sé bien dónde, un acuciante deseo de divertirme; y apareció una tierna jovencita, un auténtico bocado para un libertino como yo. Dijo llamarse ‘inocencia infantil’ y, mirando furtivamente el látigo que había a mi lado, empezó a besarme, lo que me reanimó a un grado increíble. El miedo y la corrupción precoz aleteaban en sus hermosos ojos de cierva. Cuando tuve bastante, volví a llamar y entró un joven esbelto y bello, pero pobre: el lado serio de la vida. Era uno de mis lacayos, y yo, frunciendo el ceño, le ordené que hiciera pasar a esa fulana, ¿cómo se llamaba?, ah, sí, las ganas de trabajar. Poco después hizo su entrada el empeño, y me di el gusto de asestarle a ese hombre íntegro, a ese trabajador de extraordinario físico, un sonoro latigazo en el centro de la plácida y expectante cara: ¡para morirse de risa! Y él, que era el afán, la prístina energía creadora, lo toleró sin protestar. Cierto es que luego le invité a un vaso de vino con gesto perezoso y altanero, y el pobre idiota bebió a sorbos el vino de la vergüenza. «Anda, trabaja para mí», le dije, y él obedeció. Luego compareció la virtud, figura femenina de una belleza avasalladora para todo el que aún no esté completamente congelado. Entró llorando; yo la senté en mis rodillas e hice disparates con ella. Cuando le hube robado su inefable tesoro, el ideal, la eché entre expresiones de sarcasmo y, a un silbido mío, se presentó Dios en persona. “¿Cómo? ¿Tú también?”, grité, y me desperté bañado en sudor.


Creo que el mensaje de Jakob von Gunten es explícito: “Huir de la cultura, ¿sabes, Jakob? ¡Qué gran cosa!”. La novela de Walser supone la exaltación de la mediocridad para alcanzar… ¿alcanzar, qué?... ahí se me desmorona el mensaje de Walser y me impulsa a buscar en el texto un significado alegórico.
Pero no lo encuentro.
¿No lo encuentro porque no lo hay o porque carezco de referencias contextuales sobre Walser?
Abandonó la escuela, abandonó el hogar familiar, tuvo varios trabajos no relacionados con la literatura…
¿Acaso no hay más que lo que el mismo texto muestra, la decisión voluntaria de impregnarse de mediocridad para sobrevivir?

“Esta idea, es decir, la de que, como todo hombre humilde, siempre podré comer mi pan cotidiano, me dejaría profundamente herido si aún fuese el antiguo Jakob von Gunten, el descendiente, el retoño de mi estirpe, pero me he convertido en algo totalmente distinto, en un hombre común y corriente, y esta transformación en un hombre común y corriente, que debo a los Benjamenta, me llena de una confianza indecible, perlada por el rocío de la satisfacción. He cambiado mi orgullo, mi sentido del honor. ¿Cómo he podido degenerar siendo tan joven? Aunque ¿será esto degeneración? En cierto sentido, sí; pero por otro lado es conservación de la especie”


La ironía que encierra el texto autobiográfico de Jakob von Gunten es que no se puede ser un hombre común y corriente, ser, además, consciente de ser un hombre común y corriente y ser un hombre nada común y corriente cuando escribe. El narrador de Jakob von Gunten no es un hombre común y corriente, pero se empeña en afirmárnoslo. Es una persona que ha hecho una elección y la mantendrá en su vida (voluntariamente mediocre), pero que sin embargo nos cede un texto en el que la mediocridad no está presente. De alguna manera Jakob nos engaña. No es un narrador infidente, porque cree verdaderamente en lo que dice.  Pero no olvida la ironía que encierra su situación. Podríamos decir que es una persona disociada. Por un lado abraza la mediocridad de la cotidianeidad, por otro la excelencia literaria.

Tal vez sea ese el significado alegórico, salvo que no es alegórico. ¿Alcanzar, qué? No hay nada que alcanzar. Es, simplemente, conservación de la especie. Después (al mismo tiempo) en otro nivel distinto, lejos de las “necesidades”, se encuentra la Literatura.

Gracias, Jakob von Gunten. Muchas gracias, Robert Walser.

[Sigue nevando. No hay pasos en la nieve]



Los fragmentos de Jakob von Gunten, de Robert Walser, en la traducción de Juan José del Solar, Debolsillo.

22/1/15

La infancia de Jesús, de J. M. Coetzee.

Antes de leer esta reseña INTENTAD NO PENSAR EN UN OSO POLAR.

Bien. En esta reseña no va a aparecer ningún oso polar. Es una idea vírica que se atribuye, como muchas otras frases, indistintamente a Dostoievski y a Tolstoi (a una de las muchas conversaciones que Tolstoi y su hermano, también Tolstoi, mantuvieron a lo largo de su vida en las que tantas cosas se dijeron para la posterioridad)
En esta reseña tampoco aparecerá El Juego. Ya sabéis, ese juego que acabáis de perder sí estáis leyendo esto. “Cuando uno piensa en El Juego, pierde”, es una de las reglas. Obviamente, perdí.
Pierdes si piensas en un oso blanco.
Pierdes si piensas en Jesús.
En la Patrulla de salvación (ese blog que nadie lee) recopilaron una serie de reseñas negativas de la novela de Coetzee (Lo últimode Coetzee es una cagada) en la que muestran a la Inteligentsia de este país obsesionada y condicionada con la idea del oso polar.

La infancia de Jesús de Coetzee tiene dos partes bien diferenciadas: La novela y el título. El título es una idea vírica implantada en la mente del lector que condiciona la lectura alegórica de la novela. Lo que hay que hacer es intentar no pensar en el oso blanco. Lo que hay que hacer es no pensar en el título. Y eso, ya lo sabemos, es imposible. Luego, hemos perdido.
Coetzee nos propone un viaje a una sociedad extraña. En todas esas reseñas que mencionan en la Patrulla, se desmenuza, a falta de otra idea, el argumento de la novela. Intentaré no redundar en ello. Sólo decir que se trata de una sociedad simple, incluso ingenua, en las que las necesidades básicas están garantizadas por el Estado, en la que se habla español, pero en la que la cuestión de si el loco está cuerdo y los locos son los cuerdos es considerada una cuestión de filosofía colegial. Lo que los críticos de la novela parecen aborrecer es que no hay grandes ideas en la novela de Coetzee, que sus personajes son simplistas, irritantemente básicos, que sus parlamentos son incongruentes, contradictorios y sin fundamento intelectual. Bienvenidos al mundo real, habría que decirles. Coetzee, desde luego, ya lo ha demostrado, no va a ponernos las cosas fáciles, no va a decirnos cómo debemos leer la novela, no va a decirnos cómo debemos interpretarla. Si los diálogos y los hechos resultan irritantes y contradictorios lo que debemos preguntarnos es por qué Coetzee nos los muestra así, cuál es su objetivo. Y por qué la obsesiva presencia del oso polar… quiero decir, la obsesiva posibilidad que se nos brinda cada poco de interpretar la novela en un contexto “bíblico” que, finalmente, resulta erróneo.

Y ahora pienso en el oso polar.

O no resulta erróneo, porque esa es otra cuestión: se puede interpretar la novela alegóricamente como una vida de Jesús, pero una especie de Jesús fallido, que quizás se acerque más a la verdadera vida de Jesús, no al Jesucristo mítico que se conoce a través de los evangelios, sino a la persona real y sus hechos, que fueron la base para el relato (exagerado, como todo relato) de la vida de Jesús que recoge la Biblia.
Y es que aunque nos empeñemos en no pensar en el oso polar que aparece en el título, la misma novela da pie a una interpretación bíblica. O, posiblemente, nos muestre una posible realidad que reinterpretada da origen a un mito. Lo que propone Coetzee, si pensamos en el oso polar, es cómo funciona la creación del pensamiento mítico partiendo de situaciones y hechos banales, que pueden a su vez ser interpretados en su misma prosaicidad o, mediante argumentos psicológicos, en nuestro caso reducidos a un caso de educación contraria a las normas establecidas. Un cuerdo entre locos. O al contrario. Ya sabemos que eso es filosofía de colegial.
La clave de esa interpretación es el Quijote que aparece en la novela, que tiene las siguientes características: a) es un texto abreviado para niños; b) su autor es un tal Benengelí, que aparece retratado con su característico turbante; c) el niño, David-Jesús-Oso Polar, aunque puede leer el texto, con limitaciones en el significado de algunas palabras, interpreta el libro a través de las ilustraciones que contiene; d) el niño no distingue entre realidad y ficción.

Y esto, señoras y señores, es sencillamente fantástico.




P.S.: La coda consecuente al oso polar sería buscar el referente de la novela.

9 Quien tiene oídos para oír, oiga. 10 Entonces, llegándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? 11 Y él respondiendo, les dijo: Por que á vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos; mas á ellos no es concedido. 12 Porque á cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 13 Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. 14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no miraréis. 15 Porque el corazón de este pueblo está engrosado, Y de los oídos oyen pesadamente, Y de sus ojos guiñan: Para que no vean de los ojos, Y oigan de los oídos, Y del corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane. 16 Mas bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. 17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron: y oír lo que oís, y no lo oyeron.
Mateo 13:9-17: La Biblia Reina-Valera.

En fin, mitos sin fundamento.

No pensemos en el oso polar.

16/1/15

La estrella de Ratner, de Don DeLillo

Hay un pasaje en La estrella de Ratner, en la que Don DeLillo parece definir su narrativa. Es un pasaje que me temo será repetido y copiado y enlazado muchas veces:

No hace falta poner por escrito las palabras. Tú ya sabes qué aspecto tendrá cada página, y con saber eso ya basta. En realidad no hay más que eso. Existe toda una clase de escritores que no quieren que sus libros se lean. Hasta cierto punto, eso explica su prosa enloquecida. Si formas parte de esa clase de escritores, expresar lo expresable no es la razón de que escribas. Hasta resulta vagamente embarazoso que te entiendan. Lo que quieres expresar es la violencia de tu deseo de que no te lean. Es la fricción del público lo que enloquece a los escritores. Esa gente va a leer lo que escribas. Y cuanto más entiendan ellos, más vas a enloquecer tú. No puedes permitir que sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado. Si formas parte de esa clase, lo que tienes que hacer es o no publicar o asegurarte del todo de que tu obra deje a los lectores tirados por los márgenes. Esto no es solamente lo que permite que exista literatura, sino que también es indispensable para tu salud mental.
  
DeLillo tenía cuarenta años cuando se publicó La estrella de Ratner, su cuarta novela. Todavía le faltaban diez años para alcanzar la excelencia de Ruido de fondo. Ya sabía lo que era la violencia del deseo de no ser leído. El personaje al que se refiere este fragmento, el peor maltratado de todos los que aparecen en la novela (no por el autor, por el resto de los personajes, particularmente por uno), una periodista, tiene desperdigados por la habitación una gran cantidad de folios en blanco numerados que constituyen una novela que no es necesario ser escrita. Ya sabe qué aspecto tendrá cada página, y con saber eso ya basta. “En realidad no hay más que eso”.

 Una vez escrita la novela que no precisa ser escrita, cabe preguntarse qué es La estrella de Ratner partiendo de la premisa (¿impuesta por el propio autor, por uno de sus personajes?) de que no se puede permitir que el lector sepa de qué está hablando el autor. Así podemos hablar de ciencia-ficción, de crítica social, de comedia, de la influencia de Kafka, de psicología, de literatura, de algunas de esas cosas o de todas ellas.

(Por cierto, habría que indagar en la influencia que esta novela de Delillo tuvo sobre Los inconsolables de Kazuo Ishiguro)
(Por cierto, habría que indagar en la influencia que esta novela de DeLillo tuvo sobre algunos aspectos de las películas de Lynch: “También el encendedor de acero inoxidable. Tenía una llama inmensa. Cada vez que su padre acercaba el pulgar a la ruedecilla traqueteante, Billy se apartaba. La enorme llama azulada venía acompañada de una ráfaga de aire furioso, un efecto que él no asociaba con cosas que se encendían sino con cosas que se apagaban, con el último aliento de un cuerpo apenas formado, calor y luz sorbiendo un momento supremo”)

La clave de la está de nuevo en el párrafo que encabeza este texto: “No puedes permitir que sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado”. Lo que hace DeLillo es construir un texto denso, farragoso, verborreico, a ratos plúmbeo, que parte de un mcguffin interestelar. Plaga el libro de discursos confusos sobre temas vagamente científicos desacreditados en sí mismos por la subjetividad con que son expuestos. Solo la punzante ironía del personaje principal puede salvar al lector de caer en la trampa de DeLillo. Porque La estrella de Ratner NO PUEDE GUSTAR al lector. Está escrita CONTRA el lector y lo hace tratando unos temas ante los que el lector se siente un tanto desprotegido. La misma presentación del enclave científico como un lugar diseñado con una arquitectura irracional para los habitantes, pero “lógica” y “matemática”, critica en cierta manera la idea mítica con que la sociedad contempla a la ciencia. La ciencia es la nueva religión, parece decirnos DeLillo y, como la religión, el concepto social de Ciencia, tiene pies de barro. Y la novela es como el edificio que alberga el Experimento de Campo Número Uno, es lógica, es matemática, es científica y es hostil a las personas.

Al final la única solución es excavar un agujero en la tierra del desierto y enterrarnos todo lo profundamente que podamos.

De ahí, quizás, la recurrencia del desierto y de la desaparición (y búsqueda) del individuo en él, un tema que aparece en varias novelas de DeLillo.



Los textos de la traducción de Javier Calvo de Ratner’s Star para Seix Barral.

9/1/15

A vueltas con Beckett

Escribo un post que título Samuel Beckett, el último humanista, cuando la biografía de Cronin se titula realmente "Samuel Beckett, el último MODERNISTA"
¿Qué clase de lapsus es ese?
Obviamente no estoy muy de acuerdo con lo de Modernista y sí mucho más con el Humanismo de Beckett... o con los restos de humanismo que conservan sus personajes.
Pero debe haber algo más.

Olvidé copiar un fragmento que demuestra como debe una persona enfrentarse a los verdaderos genios:

Aidan Higgins, escritor irlandés, a través de John Beckett, primo de Samuel concertó una cita con el autor de Molloy.
"Higgins estaba intrigado: el hombre al que iba a conocer podría ser Demócrito o podría ser Heráclito, el hombre que dice no o el hombre que dice sí. Lo cierto es que no fue ni lo uno ni lo otro. Higgins estuvo muy nervioso, mientras que Beckett estuvo cortés, cordial, considerado, 'incluso de una forma devastadora'. Tanto fue el nerviosismo de Higgins, sin embargo, que en un momento dado tuvo que ir a vomitar al lavabo, al baño. Le pareció una reacción apropiada tras conocer a Beckett, cuya cortesía y consideración fueron casi excesivas, imposibles de soportar"

De la traducción de Miguel Martinez-Lage, para la editorial La Uña Rota. 

8/1/15

Samuel Beckett, el último modernista, de Anthony Cronin





Una persona. Su vida. ¿Alguien sabe algo? No. Esa persona sabe sobre sí misma. El resto, a nuestra vez personas insondables, podemos apreciar fragmentos, retazos, esbozos.
Samuel Beckett. Su vida. ¿Alguien sabe algo? No.

“Molloy y todo lo que vino después fue posible el día que tomé conciencia de mi propia estupidez. Entonces empecé a escribir lo que sentía”

dijo Beckett… o así aparece recogido en Beckett par lui-même por Ludovic Janvier.

¿Sabemos? No.

Se insinúa por parte de Cronin cierta disfunción de tipo sexual, que en cierta manera condicionó la vida de Beckett… tal vez no profundiza más por respeto y pudor. Lo cual no me parece mal. Beckett se enfureció cuando se publicaron las cartas íntimas que a lo largo de su vida se habían cruzado James Joyce y Nora Barnacle.

(“Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico”, escribía en una de ellas Joyce)

¿Queremos saber? No. En serio, hay ciertas zonas de las vidas de cada uno de nosotros que deberían ser opacas para el resto. No por nada especial, ni por nada lascivo o prohibido, ni por mojigatería… sencillamente los detalles de nuestra vida pertenecen a cada uno de nosotros, quizás sea lo único que verdaderamente poseemos. No queremos saber.

No deberíamos querer saber.

Escribe Cronin casi al final de su biografía:
“Cuando [Beckett] leyó el Oscar Wilde de Richard Ellman le sorprendió lo que denominó ‘la hipocresía de los ingleses’, aunque el libro le pareció demasiado largo y demasiado detallado, como de hecho suelen ser casi todas las biografías modernas”

Tal vez un intento de autodefensa. La virtud, la gran virtud, de la biografía de Beckett escrita por Cronin, es que se fundamenta principalmente en fuentes escritas por el propio Beckett. Para suerte de su biógrafo, Beckett escribió infatigablemente miles de cartas a lo largo de su vida. Disponer de esa fuente documental le permite bucear en el pensamiento de Beckett, en los sucesos de su vida, en sus sufrimientos y alegrías.

Pero recordemos que somos espectadores que no podemos apreciar más que fragmentos. Lo que nos propone Cronin es acercarnos lo más posible a aquello que podría considerarse una visión fragmentada pero casi completa de la vida de Beckett. Tal vez fundamentada en una ficción, porque todo escrito deviene ficción en contraposición a la “realidad”. Por eso, lo que nunca debemos olvidar es la abismal diferencia entre ese calidoscopio de imágenes truncadas que podríamos creer que es la vida de Beckett y la contundencia de su obra literaria. Hay una brecha que nunca podremos salvar, podemos ver a esa persona, haciendo, diciendo, pero no podemos alcanzar, ni rozar siquiera, el proceso mental de creación de unas obras prodigiosas. Ni descubrir el sentido hermético de la mayoría de su obra, sentido que, afortunadamente para nosotros, lectores, Beckett se resistío a revelar.

Beckett, en la antesala del tribunal, “intercambia saludos” con la persona que le apuñaló. Pregunta a su agresor por qué lo había hecho. Prudent contesta: “No lo sé”. Ahí está la diferencia que hace que toda biografía sea inabarcable: La diferencia entre lo que dice, “no lo sé”, y lo que verdaderamente impulsó a Prudent a perforar el pulmón de Beckett. “No lo sé”, dice Beckett que dijo. Pero Cronin apunta con verdadera cordura: Esta versión es muy posterior a los hechos. Es algo que Beckett cuenta a posteriori, algo que resulta muy conveniente y consecuente con el sentido (o con el no-sentido) de sus obras teatrales. Quizás el “no lo sé” forme parte de otra narración, de una mayor.
Una narración cuyo principal argumento sea el sentido de Esperando a Godot y la insistencia casi obsesiva en que en cada representación que Beckett pudo controlar de la obra, se respetase estrictamente el texto y las acotaciones, que los actores no se empeñasen en “ser” los personajes, sino en representar el texto según las directrices del propio texto. Actuación textual, podría llamarse.
Y la incógnita sobre quién es Godot, o qué representa el personaje que no aparece, o qué significa o a qué se debe su nombre:

- Godeau: Un conocido ciclista francés de la época, al que Beckett había visto (sus intereses extraliterarios se decantaban por el deporte) “me parece recordar que era calvo”.
- Godillot: Palabra en argot que en francés significa bota (dijo Beckett)
- Rue Godot le Mauroy: una calle de Paris en la que se apostaban prostitutas. “Cuando una de las prostitutas le ofreció sin éxito [a Beckett] sus servicios, le dijo con sarcasmo a qué esperaba y si esperaba a Godot”, relata Cronin.
- “God ist tod”: Nietzsche.
- Dios: “God en inglés significa Dios… Nota del traductor” (sic).

Sigamos.

Años antes Beckett oyó a Hitler hablar por la radio y pensó que era como oír salir el aire de una rueda pinchada.

Cronin no desvela qué película había visto Beckett la noche que fue apuñalado. Es algo que me preocupa desde hace mucho tiempo.

Consideramos a Beckett un hito histórico. Pero contextualizo. Quizás mientras yo leía en un tren Cómo es, Samuel Beckett cruzaba una calle de París en medio del tránsito como era su costumbre. Quizás mientras yo leía Molloy, Beckett miraba por la ventana la curiosa vista que se contemplaba desde su habitación del asilo Tiers Temps: Un único árbol en un patio.
Aún siendo de alguna manera coincidentes en el tiempo, es imposible contemporizar con la enorme figura del escritor irlandés, Beckett ha sabido con su obra trascender el tiempo, abolirlo.

Entonces, yo no viajaba en tren. El árbol lleno de vida, floreciente. No ramas secas. Lleno de pájaros. Junto a las vías.
  
¿Tienen sentido sus textos? ¿Tienen el mismo sentido para Beckett mientras los escribe que para nosotros mientras leemos? Una respuesta afirmativa a la primera pregunta sería asegurar que tienen un sentido en sí mismos, más allá de la experiencia creativa y de la interpretación lectora. Seguramente lo tienen, seguramente la intención de Beckett era esa. Lo importante (y trascendente) es que desvelan una porción de la condición humana plagada de desolación y de una patética comicidad. Esa es la innegable grandeza de los textos de Samuel Beckett, un escritor fundamental para la narrativa y la dramaturgia del siglo XX, quizás cruel (más que injustamente) olvidado por la mayoría. Los límites de la narrativa a los que nos condujo Beckett suponen un gran escollo para el avance o, querrán algunos, un punto muerto a partir del cual no se puede continuar.

Y luego está su vida. La narrativa en torno a su vida.

He tenido mucha suerte con algunas biografías de escritores que he leído, un género al que me acerco con susceptibilidad: Vida y confesiones de Oscar Wilde, (Laertes) de Frank Harris, un libro que presté y que jamás me devolvieron. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982, (Minotauro) de Emmanuel Carrère y la que nos ocupa Samuel Beckett, el último humanista, de Anthony Cronin.


Los textos entrecomillados pertenecen a la traducción de Miguel Martinez-Lage, para la editorial La Uña Rota.

17/12/14

Hace poco tiempo

Entro en una librería y deambulo mirando las estanterías buscando algún título, alguna novela que me apetezca leer de forma especial. Nada. No encuentro nada que me interese. Acabo comprando una novela de Modiano, Accidente nocturno, la última publicada por Anagrama aunque fue escrita en 2003. Las novedades suelen tener 10 años por aquí… como mínimo. 
A todo esto es una buena novela. Aunque no despierta en mí interés por seguir leyendo a Modiano. 
Creo que es un síntoma de mi progresiva perdida de entusiasmo.
No es cuestión de este último año en otra ciudad. Es algo que arrastro desde hace bastante tiempo. Gaddis fue la excepción. Markson fue la excepción. Vollmann fue la excepción. Munro fue la excepción. Gombrowicz fue la excepción. Danielewski fue la excepción. El resto de mis lecturas ha sido en su mayor parte placenteras, pero sin esa emoción que me impulsa a querer ir más allá de los textos.
Exagero.
Pienso, por ejemplo, en alguien que en su momento me produjo una emoción parecida. No es un nombre tomado al azar. Deliberadamente elijo a un autor casi olvidado. Me pregunto si sería capaz de volver a leer a Joan Perucho. Es decir, si volviese a leer a Perucho (Les histories naturals, Les aventures del cavaller Kosmas, et al.), ¿volvería a sentir esa emoción? Si dentro de diez años decido releer a Markson ¿volvería a sentir esa especie de revelación que me han producido sus no-novelas?
El transcurso del tiempo es verdaderamente repugnante.
Mata el entusiasmo. 
O ¿acaso se pierde?
Tampoco siento ningún entusiasmo al escribir (si es que alguna vez lo he sentido) Pero esa es otra cuestión.
Tengo una lista de lecturas sin comentar. ¿Debería desenterrarla? Porque si no me entusiasma comentarla tal vez tampoco os interese leerla. Ni las novelas que comento por pura desidia. 
La verdad es que todo esto (el blog, las novelas que comento) tiene más que ver conmigo que con las novelas que leo y comento y no comento.
La verdad es que cada día estoy más cerca de estar muerto y cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien y ya tengo decidido que la última novela que leeré será La educación sentimental de Flaubert.
(Escritores que dejan de escribir. ¿Lectores que dejan de leer?)

Voy a intentarlo. No me culpen.

Mediocristán es un país tranquilo, de Luis Noriega no tiene distribución en España a pesar de que su “anterior” novela, Donde mueren los payasos, si que la tuvo. Mediocristán es mucho mejor que la sátira de los payasos. Bastante mejor. Además bastante más cercana a los que vivimos aquí que la lejana parodia que retrataba Donde mueren los payasos. Bastante más ácida y cruel.

Pensé que tras leer Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, no volvería a leer nada más del autor japonés debido a la fuerte conmoción que me produjo su lectura. Gracias a Gonzalo Torné he vuelto a Oé, a una de sus primeras novelas, La presa. No tan contundente como Una cuestión, pero igualmente perturbadora. Lo mejor es la transformación del narrador, tanto emocionalmente como estilísticamente, a lo largo de la novela.

(¿He comentado alguna vez que padezco una especie de narcolepsia provocada por la lectura? Resulta frustrante despertarse por el ruido del volumen que con tanto interés había estado intentando leer cayendo al suelo. Por eso no suelo usar el e-reader.)

Despegue, de Javier A. Moreno. Quizás algún día todos los libros infantiles sean como este. Ya de entrada reconozco que llamarlo “libro infantil” es un completo error. No voy a decir que es una historia maravillosa, porque ya sabéis que Javier es mi amigo y no ibais a creerme.

Mamut, de Esther García Llovet. Una interesante novela negra. Un más que notable guión para una película de corte lynchiano.

(Picor de ojos, necesidad de una luz directa, preferiblemente natural, dificultad para leer cierto tipo de impresiones tipográficas bien por su claridad, bien por su tamaño)

Mimodrama de una ciudad muerta, de Álvaro Colomer. Interesante. Oscura y al mismo esperanzadora. Todos necesitamos cierto tipo de redención para librarnos de nuestros fantasmas. La literatura en una forma de redención.

En Diario de un hombre engañado de Pierre Drieu La Rochelle hay un relato magnífico. No recuerdo su título.

(La memoria es un lastre: Pesa y su contenido es apenas distinguible. Solo me sirve para saber que he vivido o que creo haber vivido. Pero como dijo Gaff, ¿quién vive?)

Me está costando mucho entrar en La hoguera pública de Coover. Me cuesta mucho contemporizar con sátiras políticas de un tiempo que no me pertenece. Me cuesta mucho aceptar a Richard Nixon como narrador. Entiendo el juego que nos propone Coover al focalizarlo todo sobre los delirios del infidente Tricky Dicky, comprendo el mérito de sostener una narración tan arriesgada. Pero el contexto se me escapa. Me ocurrió algo parecido con Nuestra pandilla de Roth. Demasiado lejana a mi realidad. Aunque jamás le exijo realidad a la ficción.

Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy. Cómo no fascinarse por una novela que comienza así:

A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, después de casi treinta años de manicomio en Herisau.

De una sencillez deslumbrante, la breve novela de Jaeggy resulta breve. Quisiéramos más de esa narración que oculta más que muestra, sincera e infidente al mismo tiempo. Salimos de la novela con la misma velocidad a la que entramos. Hubiese querido más.

(También sufro cierta parestesia en los dedos que me impide mantener durante mucho tiempo la misma posición de mis manos y brazos)

Con Clarice Lispector me pasa lo mismo. Sus relatos me entusiasman pero no acaban de llenarme. Cuando me doy cuenta ya he sido expulsado de la narración. Felicidad clandestina. Silencio.

Tengo que confesar que no entendí absolutamente nada de En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart. 

(Es una muestra de la creciente obtusidad que me invade)

¿Es esto todo lo que quería contar? Seguramente no. Ni recuerdo lo que quería contar.

Leer (y escribir) sigue siendo una necesidad. No concibo la vida sin lectura. Sigo transportándome a increíbles mundos reales a través de la lectura. Pero quizás soy demasiado grávido. No logro despegarme de la Realidad.
Y la Realidad dice cosas que no quiero escuchar. 

(Habla de entumecimiento y sopor)

9/12/14

Tal día como hoy, hace diez años.

De la entrevista concedida a Nabokov a Paris Review, en octubre de 1967:

El poshlust, o poshlost en su transliteración más exacta, tiene muchos matices, y si usted cree que se puede preguntar a cualquiera si le tienta el poshlost, evidentemente no lo he explicado con suficiente claridad en mi librito sobre Gogol. Basura cursi, vulgares clisés. “Filisteísmo” en todos sus aspectos, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura tosca, deficiente y deshonesta…ésos son los ejemplos obvios. Ahora bien si deseamos restringirnos a los escritos contemporáneos, tenemos que buscar el poshlost en el simbolismo freudiano, las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanistas, las alegorías políticas, la preocupación excesiva por la clase o la raza, y las generalidades periodísticas que todos conocemos. El poshlost se manifiesta en conceptos tales como “Norteamérica no es mejor que Rusia”, o “Todos participamos de la culpa de Alemania”. Las flores del poshlost se dan en frases y términos como “el momento de la verdad”, “carisma”, “existencial” (empleado seriamente), “diálogo” (aplicado a conversaciones políticas entre naciones), y “vocabulario” (aplicado a un mamarrachista). Enumerar de un tirón Auschwitz, Hiroshima y Vietnam es poshlost sedicioso. Pertenecer a un club muy selecto (y que ostenta un solo nombre judío… el del tesorero) es poshlost, elegante. Los comentarios críticos mercenarios frecuentemente son poshlost, pero éste acecha también en ciertos ensayos petulantes. El poshlost llama gran poeta al Sr. Vacío y gran novelista al Sr. Fanfarrón. Uno de los viveros favoritos de poshlost ha sido siempre la exposición de arte; allí lo producen los llamados escultores que trabajan con herramientas de derribar, construyendo cigüeñales cretinos de acero inoxidable, estereotipos zen, cosas raras de poliestireno, objetos trouvés en letrinas, balas de cañón, albóndigas en conserva. Allí admiramos las muestras de las paredes de gabinetti de los llamados artistas abstractos del surrealismo freudiano, los borrones rugientes y las manchas de Rorschach… todo ello tan cursi por derecho propio como las académicas “mañanas de septiembre” y las “ramilleteras florentinas” de hace medio siglo. La lista es larga y, claro está, cada uno tiene su bête noire, su pesadilla dentro de la serie. La mía es ese aviso de una línea aérea: el refrigerio servido por una moza servicial a una pareja joven… ella con la mirada extática clavada en el canapé de pepinos, él admirando anhelante a la azafata. Y, desde luego, Muerte en Venecia. Ya ve el alcance.


Opiniones contundentes, traducción de María Raquel Bengolea para Taurus.


Opiniones contundentes, traducción de María Raquel Bengolea para Taurus.


El blog El lamento de Portnoy acumula 10 años de poshlost y lo celebra repitiendo un post.

¡Larga vida a la trivialidad!

Y recordad: Cuando un letrero indique "Usted está aquí", no estáis dentro del letrero. 

30/11/14

Los reconocimientos, de William Gaddis (recopilación)

Así a posteriori, desde la distancia, desde la asimilación de un texto, desde desde que se inicia ese lapso de tiempo en el que la memoria convierte en algo tuyo, propio, una obra ajena, (no desde la emoción suscitada por la reciente lectura), puedo pensar que lo que Gaddis quería decirnos es que nuestra sociedad es demasiado frágil para contener una obra maestra. Me refiero a una auténtica obra maestra. Ya sabemos, lectores gaddisianos, fanáticos (pues no puede ser de otra manera), que la ejecución de una obra maestra trae consecuencias desastrosas.
Los reconocimientos de Gaddis es una novela demoledora. La sociedad la seguirá ignorando porque de otra forma deberían rendirse ante la evidencia: NO se puede escribir como Gaddis, NO se puede construir una narración como lo hacia Gaddis. Y no solo eso, todas nuestras novelas, todos nuestros textos, todos nuestros relatos, palidecen a la sombra de la inmensidad narrativa de Gaddis.
Si la sociedad reconociese la existencia de una auténtica obra maestra, la producción artística en ese campo debería detenerse necesariamente para siempre. O hasta la aparición de una nueva obra maestra.
Para eso hay que establecer una interminable cadena de intento-fracaso hasta que el feliz suceso ocurra de nuevo.

Inciso:
Franzen llamó a su novela Las correcciones en homenaje a Los reconocimientos de Gaddis (cada vez que escucho alguna de sus declaraciones me cae peor)
En fin.

Por fin el día ha llegado. Sexto Piso ha recuperado la traducción que Juan Antonio Santos hizo de la novela de Gaddis y le ha añadido el fantástico prólogo de William H. Gass.

Sinceramente yo no dejaría pasar la ocasión de tener/leer esta magnífica novela. 

Aparte de lo que escribí en su momento, poco más puedo añadir: