El prisionero, episodio 5

El capítulo se llama The Schizoid Man
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He aquí un autor que tuvo envidia del éxito de Joyce. En Ulises, toda la odisea se concentra en un solo día transcurrido en Dublín, el infernal palacio de Circe es el envés de la Belle Époque, la más barata confección pantalonera de Gerta McDowell se retuerce en una soga para el comprador Bloom, las cuatrocientas mil palabras forman un desfile de protestas contra la época victoriana, a la que hace estallar con el arma de todas las estilísticas disponibles para una pluma, desde el flujo espontáneo de la conciencia hasta el acta de un juez de instrucción. ¿No fue acaso la culminación de la novela y, al mismo tiempo, una monumental inhumación de la misma en el panteón familiar de las artes (en Ulises hay incluso música)? Se ve que no; se ve que el mismo James Joyce juzgó que no lo era, puesto que decidió ir más lejos y escribir un libro donde se concentrara la cultura no en una sola lengua, sino que fuera como una lente convergente del universalismo lingüístico, un descenso a los cimientos de la torre de Babel. Ni confirmamos ni negamos aquí las excelencias de Ulises y Finnegan's Wake, dos actos de temeridad en una aproximación a lo infinito. Una crítica solitaria ya no puede ser más que un granito añadido a la montaña de homenajes y anatemas erigida sobre los dos libros. En cambio, estamos seguros de que Patrick Hannahan, compatriota de Joyce, nunca hubiera escrito su Gigamesh si no hubiese existido aquel gran ejemplo, que para él fue un reto.
Hubiera cabido suponer que su idea sólo podía terminar en un fracaso rotundo. Es un esfuerzo vano producir un segundo Ulises o un segundo Finnegan. En las cumbres del arte sólo cuenta las primeras hazañas, igual que en la historia del alpinismo sólo son importantes las primeras ascensiones a unos picos todavía no conquistados. Hannahan, bastante indulgente con Finnegan's Wake, lo es menos con Ulises. «¡Valiente idea —dice— la de meter el espíritu del siglo XIX europeo, emplazado en Irlanda, en el sarcófago de la Odisea! El mismo original de Homero es de un valor dudoso. Es un cómic de la antigüedad en el que Ulises desempeña el papel de Supermán, con el happy end de rigor. Ex ungue leonem: al escoger sus modelos, el escritor da la medida de su talla. La Odisea es un plagio manifiesto de Gilgamesh, aliñado conforme al gusto del público griego. Lo que en la epopeya babilónica constituía la tragedia de una lucha coronada por la derrota, ha sido convertido por los griegos en la aventura pintoresca de un viaje por el mar Mediterráneo. Navigare necesse est, "la vida es un viaje", ¡qué pensamientos tan profundos! La Odisea es un plagio disminuido, ya que carece de toda la grandeza de la lucha de Gilgamesh.»
(...)
Patrick Hannahan decidió, pues, extender sobre la epopeya babilónica su propio lienzo épico, bastante peculiar, dicho sea de paso, ya que su Gigamesh es una historia muy limitada en el tiempo y el espacio. Un gángster profesional, asesino a sueldo, soldado americano de la última guerra mundial, G.I.J. Maesch (Government Issue Joe: así llamaban a los soldados rasos del ejército de los Estados Unidos), desenmascarada su actividad criminal por la denuncia de un tal N. Kiddy, ha de ser ahorcado según el veredicto del tribunal militar, en una pequeña localidad del condado de Norfolk, donde estaba estacionada su unidad. Toda la acción transcurre en 36 minutos, tiempo necesario para el traslado del reo desde la cárcel al lugar de la ejecución. La cosa termina con una imagen de la soga, cuyo lazo negro —visto sobre el fondo del cielo— cae sobre la nuca de un Maesch inmutable. Pues bien, aquel Maesch es Gilgamesh, el héroe semidivino de la epopeya babilónica, y el que lo entrega a la horca —su viejo compañero N. Kiddy— es el mejor amigo de Gilgamesh, Enkidu, creado por los dioses para el exterminio de Gilgamesh. A la luz de este análisis se vuelve muy visible el parecido del método creativo de Ulises con el de Gigamesh. La ecuanimidad nos obliga a concentrarnos sobre las diferencias entre ambas obras. La tarea no resulta extremadamente difícil, por cuanto Hannahan (en esto sí que se ha diferenciado de Joyce) proveyó su libro de una introducción dos veces más voluminosa que la novela misma (para ser exactos: Gigamesh consta de 395 páginas, y la introducción, de 847). Nos damos cuenta del método de Hannahan desde el primer capítulo (de 70 páginas) de la introducción, en el cual se nos explica la multiplicidad de conceptos surgidos de
una sola palabra: el título de la obra.
(...)
Joyce había confeccionado sus deslumbrantes charadas sin dotarlas de ninguna interpretación suya; por tanto, cada crítico puede lucir su erudición, su agudeza de largo alcance e incluso su genial capacidad de interpretación, a través de los comentarios aplicados al Ulises y a Finnegan. Hannahan, en cambio, lo hizo todo él mismo. Sin limitarse a crear la obra, le añadió un aparato explicativo dos veces más voluminoso que la misma. En esto estriba la diferencia principal, y no en ciertas circunstancias que suelen aducirse, como, por ejemplo, el hecho de que Joyce «lo inventó todo él mismo», mientras que Hannahan ha sido secundado por unas computadoras conectadas con la Biblioteca del Congreso (23 millones de tomos).
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"Bunny piensa que quizás, de algún modo, conoce la respuesta. Pero también piensa a otro nivel muy distinto, que quizás, de otro modo, no la conoce en absoluto. (...) Nota que todo su vigor ha desertado, que la energía lo abandona, pero también, paradójicamente, que tiene la polla dura"La muerte de Bunny Munro, Nick cave; traducción de Miquel Izquierdo para Papel de Liar-CannonGate
Soy alto y soy delgado, / de una altura envidiable / y es sabido que soy muy atractivo / desde un cierto ángulo y a una cierta luz.O'Malley's Bar , Nick Cave & The Bad Seeds.
Bueno, entré en O’Malley / y dije: "O’Malley, tengo sed" / O’Malley solo me sonrió / diciendo: "No serias el primero".
Di un golpe en la barra y apunté con el dedo / a una botella de una estantería / y mientras O’Malley me servía una copa / aspiré profundamente y me persigné.
Mi mano decidió que el momento estaba cerca / y por un momento desapareció de la vista / y cuando volvió, ardió hermosamente / con una seguridad nueva.
Bueno, el trueno de mi puño acerado / hizo que todos los vasos tintinearan / Cuando le disparé, estaba tan atractivo / Esa era la luz, ese era el ángulo (…)
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alarmado por la censura suspendida, la Guardia Republicana que no hostigaba a los sindicatos, los informantes mudos, la policía política inerte, entretenida en la brisca en vez de justificar su sueldo torturando un poco al personal, incordiándolo por distraerse con unas detenciones, unas noches sin dormir, alguna que otra descarga eléctrica, los periódicos que ponían el grito en el cielo sin pudor alguno, la oposición, convencida de que todo se debía al descaro de Inglaterra y de Suecia, defendía ideas, lanzaba opiniones, subvertía al pueblo, unos obreruchos de mala muerte que distribuían panfletos en los que declaraban que no cobraban su salario y pasaban hambre, por amor de Dios, como si pasar hambre y vivir al buen tuntún en habitaciones alquiladas, en medio de una confusión de hijos y de trastos, sin agua corriente ni ventanas, no fuese en realidad lo que los obreros deseaban
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El habitante de la más sigilosa de las regiones, nuestro amigo del dietario pensado, retiene ahora ese grito, pero sabe que muy pronto éste traspasará el desierto. Para entonces ya ni siquiera estar solo parecerá imprescindible, e incluso será ya un hecho comprobado que en la realidad (en nuestra famosa realidad) no ocurre nada que corresponda rigurosamente a una lógica. Y también estará ya comprobado que vivir es una experiencia amarga que al principio es mejor escupirla por todas partes, aunque al final lo más sabio sea, a través del arte, tratar de sublimarla: a ser posible, con la más desgarradora de las historias.
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Historia abreviada de la literatura portátil
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