13/10/15

La ciudad, El lugar, París, de Mario Levrero.

Instrucciones: Imprima este texto en una tira de papel alargada por las dos caras. Pegue los extremos dándoles un giro según se indica en la siguiente figura.





TEXTO:


fecundo en ardides, a Ítaca. Finalizada la guerra, destruida Troya se embarca con sus compañeros a los que verá morir a lo largo de su periplo de varios años de aventura en aventura, en las que se mezclan amor y lucha. Cuando consigue pisar el suelo de Ítaca debe de nuevo guerrear. El final supone la paz pero su enfrentamiento con los pretendientes abre un nuevo horizonte de batallas sin fin fuera de la narración. ¿En qué difieren el origen, el camino y el regreso? Volver al hogar supone nuevos combates, incluso la llegada es un nuevo combate para ser reconocido. No hay diferencia entre el viaje y la llegada, no hay final diferenciado del viaje. Ruega por que tu viaje sea largo y esté lleno de aventuras, dice el poeta, pero todo es el mismo absurdo bélico. El narrador de El lugar, la novela central de la Trilogía involuntaria, se encuentra en una especie de fortaleza-prisión formada por una sucesión (¿infinita?) de habitaciones idénticas que sólo permiten avanzar en una dirección.
(No se detenga. Siga la flecha)
Encontrar una salida de esa interminable prisión en ruinas es lo que impulsa al narrador en primera persona de El lugar. Lo que encuentra al final de su viaje-fuga (que no voy a desvelar aquí) no difiere (si difiere, pero no emocionalmente) de lo que ha abandonado. Preferimos nuestra propia prisión aunque esté en ruinas y anegada.
Igualmente inundada debe quedar la mansión que el narrador de La ciudad, la primera de las tres novelas, abandona con puertas y ventanas abiertas, como forma de airearla de su insana decrepitud, mientras sale a comprar bajo un fuerte chaparrón. No volverá a su casa ya que el azar y la tormenta lo juntan con una enigmática mujer a la que seguirá hasta una pequeña ciudad con sus propias y peculiares normas de convivencia y de la que aparentemente no se puede salir. Al final lo veremos adormeciéndose en un vagón de tren sin luz atestado de viajeros.
Del mismo tren en absoluto del mismo tren desciende tras un viaje de cientos de años el narrador de París, tercera y última novela de la trilogía. París, una ciudad reconocible y a la vez ignota, un París extemporal en la que se vive bajo la amenaza de invasión por las tropas alemanas. Huir de la ciudad, de nuevo, es lo razonable ante avance de los nazis, pero el narrador tiene una misión que cumplir, una misión que podríamos considerar divina.
Levrero tiene la peculiaridad de hacer que sus personajes-narradores acepten el absurdo como algo cotidiano con completa naturalidad. Y esa es una de sus grandezas literarias.
Las tres novelas, que de ninguna manera continúan, que de ninguna manera están enlazadas, conforman sin embargo una suerte de circularidad narrativa que el (los) narrador(es) recorre(n) interminablemente. Hay que huir, hay que escapar, sí, pero ¿a dónde? Y la fuga y el retorno ¿suponen un final? Lo que se demuestra, o creo que se demuestra, es que no hay lugar de retorno, tan solo una interminable fuga.
La frase recurrente que abre París es una declaración de la alegoría que encierran estas tres novelas: “Sin embargo no me parece insensato emprender un viaje para darse cuenta de su inutilidad” Solo hay que cambiar la naciente desesperación de su inutilidad por una calmada desesperanza, le dicen al narrador de París y así “habrá obtenido lo que muchos humanos anhelan”. Una calmada desesperanza que recorre las tres novelas y que posiblemente apuntan, aunque irónicamente, al viaje por excelencia, al viaje inicial fundamento de toda la narrativa, el retorno de Odiseo

FIN DEL TEXTO


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